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Hay desayunos mejores que en Tiffany's

Pues tenía todo listo. ¡Estaba a un click de la publicación de Los viajes sonámbulos cuando me di cuenta que era viernes 13! No soy supersticiosa pero puestos a elegir un día para oprimir el botón Publish, me decanté por otra fecha (muy cercana, de esta semana no pasa, lo prometo).  Y también he decidido dar un respiro a mis lectores que deben estar pensando que solo hablo de dinero.
Y como estamos en fin de semana voy a relajar a los lectores con una recomendación del libro que estoy leyendo (y con este post abro una nueva sección). Es tan bueno que necesito que más gente disfrute como yo lo estoy haciendo con este libro. Tampoco soy una crítica ni voy de erudita. Es simplemente que no puedo dejar de destacar esta obra desde mi humilde lugar de lectora.
No es una novedad ni un autor desconocido que he descubierto por casualidad. Se trata de una obra menor de un autor consagrado. Estoy hablando de Truman Capote. Me pasa a menudo. Me gustan las obras menores de los capos. Y este es el caso.
Debo reconocer que nunca enganché con sus dos obras maestras A sangre fría y Desayuno en Tiffany’s. Y eso que me gustan los policiales y las historias tontas pero, por alguna razón, no pude pasar de la primera página de A sangre fría. Lo mismo pasó con Desayuno y eso que vi la película que me pareció de lo más superflua, lenta y aburrida. Lo siento, no puedo decir otra cosa.
Seguramente me falte algún tipo de sensibilidad especial pero lo único que rescato de esa película es su estética que, después de décadas, sigue vigente. No nos cansamos de ver a Audrey hermosa y elegante hasta en los ceniceros.  De hecho, antes de ver la película, hasta me parecía sofisticada pero ver la película significó un manguerazo de agua fría. La Audrey de la película me pareció una mujer tonta, frívola y ni siquiera me provocaba ternura como otros personajes tontos y tiernos como por ejemplo Forrest Gump. Para mi Audrey (Holly) solamente es un bonito poster para poner en mi casa. Nada más. Solo por eso vale la pena y me parece suficiente (espero que los fanáticos de Capote no me linchen, siento no estar a la altura  intelectual de ellos).
Churros con chocolate en famosa churrería de Bravo Murillo. ¿Quién quiere ir a Tiffany's después de esto? 

Sin embargo, una fría noche de enero, cayó en mis manos un regalo. Bueno, un regalazo: Cuentos completos[1],  edición Anagrama. Lo agarré con escepticismo. Ya venía yo con mis prejuicios contra Holly.
 El caso es que no soy gran lectora de cuentos, prefiero las novelas. Solamente recuerdo haber enganchado bien con los cuentos de Guy de Maupassant (Un día de campo y otros cuentos galantes y Los amores difíciles de Italo Calvino.
Mi sorpresa fue máxima. Los cuentos  de Truman Capote enganchan desde la primera página. Tiene una manera magistral de relatar las historias (que parecen recuerdos de infancia en Alabama) de una manera tan real, poética y, al mismo tiempo, desgarradora que te deja con ganas de más. Y sentí envidia de él. ¿Cómo lo hace? ¿Cómo logra transmitir precisamente lo que quiere decir? Pura magia. Eso es lo que es.
 Y ahora los dejo con esta cita de Truman Capote contando los famosos desayunos de su infancia. Un canto a la nostalgia.
“Todavía hoy conservo un hambre nostálgica de aquellas colaciones al alba a base de jamón y pollo frito, chuletas de cerdo fritas, pescado frito, ardilla frita (en temporada), huevos fritos, sémola de maíz con caldo, guisantes, coles con licor de col y pan de maíz para mojar en él, bizcochos, pastel, tortitas y melaza, miel, jamones y jaleas caseros, leche cruda, leche cuajada y un café con un cierto gustillo a achicoria y caliente como los infiernos.” (p. 272)
 Y después de leer esto, me entra un hambre canina. Y me acuerdo de los riquisimos churros de Bravo Murillo llegando a Plaza de Castilla. 
Sin duda, un desayuno mucho mejor que en Tiffany's. 



[1] Capote, Truman (2011): Cuentos completos. Anagrama. 

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