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Confesiones desde la guarida: los escritores, el poder y otras reflexiones

Sol fulminante y vientos caprichosos que solo sirven para esparcir el polen en la ciudad. Ese es el panorama de la primavera que no acaba de cuajar. Que si viene el calor del Sahara. Que si estoy harto del polvo y la contaminación.
 En este revoltijo meteorológico me encuentro avanzando con mi segunda novela. Ya he hablado en otras ocasiones sobre el sentimiento que me produce escribir ficción. Y se parece bastante al clima que estamos viviendo. Algunos días me muero de frio, otros me atraganto y me pongo a toser. Otras veces las palabras fluyen como una brisa suave y húmeda.
Pero ante todo reina la incertidumbre. El porvenir poco claro de seguir por este camino incierto y difícil. En cualquier caso, me aburren los quejosos y más cuando son escritores.
Solo debo decir que, a pesar de todo eso, me la paso genial cuando me siento frente a la computadora y la sensación que predomina es la de que todo es posible. Un mundo de posibilidades se abre ante mí. Me siento como una super heroína de un comic barato que es capaz de alcanzar cualquier rascacielos solo vistiendo una capa comprada en el chino.
¿En qué momento me encuentro? No en el final pero sí en un estadio parecido al de la concreción. El grueso está escrito. Aunque no lo más importante. Las primeras cuarenta palabras son cruciales y no soy capaz de ponerlas de forma bonita. Las escribo. Las borro. Las reescribo. Y al final lo dejo para pasar a otra cosa.

 El final ya es otra historia. Lo tengo en mi cabeza. Levemente sobrevolando mi cuero cabelludo. Sin embargo, no ha llegado a aterrizar en mi ordenador. Lo intuyo. Lo huelo.
 Eso es todo de momento. Y otras cosas más están pendientes y son importantes. Las detallo a continuación:
·         Precisar más los personajes. No tanto su perfil psicológico sino su apariencia física. Esto es algo que no hice bien en Los viajes sonámbulos y que quiero corregir. A veces no somos conscientes de lo importante que es describir bien el look de los protagonistas.
·         Corregir el borrador. Una y otra vez hasta el infinito. Aquí me puedo tirar meses y años. Soy una adicta a la corrección. Definitivamente tengo que encontrar a alguien que lo haga por mí. Alguien que esté familiarizado con los regionalismos. Y esto tiene que ver con mi siguiente punto.
·         Poner atención a los españolismos y argentinismos. Se mezclan mucho según qué personajes. En mi caso es particularmente difícil. Ya hablé de esto en otros posts pero se me mezclan las palabras. Ya no pertenezco a ninguna parte.
·         Ir pensando en el título y en la cubierta. Estas cuestiones son prematuras. Tengo tiempo para pensar en ello más adelante.
Esas son algunas cuestiones que tengo en la cabeza. Pero hay muchas más. Algunas se me olvidan. Vuelven a aparecer con el tiempo. Se vuelven a ir. En fin. Ser escritor es olvidar la mitad de las tareas. Y repetir otras.
Intentaré abstraerme de los debates y las cuestiones electorales para nutrir La guarida de ficción. No es que no me interese lo que pase en Madrid pero mis lectores están en muchos países y no sería justo explayarme mucho en cuestiones locales.
En cualquier caso, un poco de literatura siempre es bueno para escapar de la mediocridad de la política. Cada vez estoy más convencida de que es imposible buscar el poder sin dejar de ser mediocre. La búsqueda de poder es como una droga. Cada vez que tienes un poquito, quieres más y más y más.
Ser escritor es el camino inverso. Hay que estar un poco en el fango para decir algo medianamente interesante. Hay que descender a los infiernos. Tener una buena dosis de incomodidad en definitiva. Solo con un poco de molestia, humildad y una cuota de soledad es posible reflexionar y escribir algo medianamente legible. Y a veces ni siquiera. Todo lo contrario al mundo de los poderosos. Ellos necesitan un poco del destino de los otros en sus manos. El escritor no tiene nada de ello. Solo puede apropiarse de historias ajenas, imaginar otros mundos, fantasear. Y despertar de sus sueños en su cama de siempre. En el cordón de la vereda. O con un café en un bar.
Pero de una cosa deben protegerse tanto escritores como poderosos: de los aduladores. Tal como nos recuerda Maquiavelo en El príncipe, un consejero debe dar su opinión aunque solo cuando el príncipe lo requiera y sobre la materia que el príncipe pregunte. Nada de irse por las ramas. Los escritores necesitamos críticos, opiniones. Gente que nos diga las cosas a la cara.  Lo que para el político es su perdición es el tesoro del escritor. Los gustos de su audiencia. No soy Amazon, no tengo herramientas de big data para saber qué perfil tienen mis lectores o si les gustó el final de mi novela. Pero me encantaría saberlo. No para complacerlos. Lo siento, cuando escribo no quiero complacer. Sino para escribir mejor. Mejorar. O simplemente seguir por mi camino.
Se acaba la semana. Se viene un fin de semana electoral en España.  Y si estás harto de la política, es perfecta la ocasión para leer Los viajes sonámbulos.  Desconectar y pensar en algo diferente.
Disfruten la vida si pueden. Hasta pronto.



Comentarios

  1. Leo varios puntos de los que puedes prescindir, el más importante es la portada. Déjalo, y dedícate a la escritura que es lo importante. Para cuando sea publicada la novela, existirá -con suerte- una editorial preocupada de tus inquietudes detrás. Respecto al que no dejas de editar... siempre es bueno dejar reposar el texto, dejar pasar una semana y leerte lo más parcial posible.


    Suerte.

    ResponderEliminar
  2. Hola, me encantaría no tener que pensar en la portada, e incluso en la corrección pero mientras no tenga una editorial que quiera publicar, tendré que hacerlo todo como con Los viajes sonámbulos. Es una lástima que nos tengamos a dedicar a otras tareas a parte de escribir, como el marketing, diseño, etc. pero de algo hay que vivir y para poder salir al mercado hay que pensar en estas cosas. De paso, se aprende bastante y eso no está mal. ¡Gracias por leer y el comentario! Un saludo.

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