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Lo privado, la máquina y un relato para pensar


La novela sigue avanzando aunque cada tanto es bueno hacer un stop y encarar otras cosas. Como venía adelantando, he escrito un relato corto para el I Premio de Relato Corto sobre Impresión y Escaneado en 3D  organizado por Masquecuentos. Se llama La máquina de los deseos. El periodo de votaciones está abierto y si te gusta puedes dejar tu voto en este link. Evidentemente, no lo hago por el premio pero me gusta participar de estas pequeñas convocatorias que sirven como excusa para escribir sobre premisas que a mí no se me hubiesen ocurrido.
Así fue el caso de Los viajes sonámbulos: nació como un micro relato que escribí para una convocatoria de Renfe en una época en que pasaba muchas horas en el tren. De esa pequeña historia fue surgiendo una novela y me hizo pensar en ciertas cosas que yo no hubiese prestado atención. De alguna manera, es un buen ejercicio: escribir partiendo de consignas ajenas.
En esta ocasión he tenido que escribir sobre las impresoras 3D. Nunca en mi sano juicio hubiese escrito una historia sobre este objeto. No es algo que esté al alcance de mi mano y me apaño bastante bien con mi pequeña y humilde impresora láser blanco y negro.
La máquina de la felicidad  surge  en torno a mis inquietudes sobre la privacidad y las nuevas tecnologías. Ya algunos saben que vengo investigando estos temas (puedes ver algunos artículos interesantes en El canguro filósofo) en plan serio. 1984 de George Orwell planteaba un mundo horrible en donde todos nuestros movimientos eran controlados y donde no había libertad. Debo reconocer que sentí cierto alivio cuando cerré las páginas de ese libro. Es ese tipo de literatura que no agrada, que no es placentera pero aporta algo a la vida.
Una imagen de mi computadora

En cualquier caso, la realidad que vivimos no se aleja demasiado del mundo que soñó Orwell. Tenemos más libertad que los protagonistas de esa historia pero la libertad consiste en poder elegir entre alternativas diferentes, por lo menos así lo plantean algunos economistas como Amartya Sen. No tengo claro hasta qué punto elegimos cómo queremos gestionar nuestra privacidad. Nuestros datos. En definitiva, la información sobre nuestros hábitos de consumo.
Este asunto que me tiene ocupada estos últimos tiempos también se traduce en dilemas que se me presentan a la hora de escribir.
Cuando paso el día recibiendo información y al mismo tiempo generando mi “huella” parece que somos sujetos autónomos pero cada vez somos menos humanos y más animales. Completamente previsibles y adocenados. Creo que ni siquiera me inquieta. Ya estamos demasiado acostumbrados. A consumir. A exigir lo mismo. Y a disfrutar de las mismas cosas.
Por otra parte, el relato que he escrito plantea los peligros de cumplir todos nuestros deseos materiales. ¿Estamos preparados para tenerlo todo?
Puede que La máquina de la felicidad solo sea una metáfora pero parece que, cada vez más, tenemos menos parcelas de privacidad. Menos espacios íntimos.
 Espero que el lector disfrute de su lectura. Aunque, para cubrirme, diré que es un ejercicio. Un experimento. Una ráfaga de inspiración que no sé si ha sido moldeada por el mundo que me rodea o, por el contrario, es un rapto de originalidad.

Que el lector lo juzgue.

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