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Foster Wallace, la filosofía y la búsqueda de la verdad

Primero que nada debo darles las gracias por el apoyo recibido con el relato La máquina de los deseos. Me ha servido para experimentar otras formas narrativas. Seguiré escribiendo más cuentos cuando haga pausas de la novela.
Este verano me ha encontrado más ocupada de lo normal. No he podido escribir lo suficiente como para mantener un estado mental óptimo pero me las he arreglado para tener un equilibrio cercano a la cordura.
En esta ocasión les quiero hablar de uno de los libros que más he disfrutado este verano: Todas las historias de amor son historias de fantasmas, editado por Debate.

Hace mucho que no leía una biografía tan inspiradora como la David Foster Wallace. No es que su vida haya sido especialmente interesante. Salió poco de Estados Unidos. No vivió grandes aventuras y tampoco tenía un gran compromiso social pero, de alguna manera, su autor se asegura de mostrarnos algunas facetas especialmente interesantes como su lucha contra el alcohol, su depresión, sus fuentes de inspiración y su gran capacidad de estudio. Foster Wallace no solo era un  escritor: era un filósofo especializado en matemáticas con fuertes inclinaciones científicas. Eso hacía que concibiera la literatura no solo como entretenimiento sino como búsqueda de la verdad, como reflejo de la vida cotidiana y, sobre todo, como terreno para la experimentación. 
El libro es cronológico y empieza contando su infancia, la relación con su hermana, con su madre, sus éxitos académicos y su debut como escritor. Al mismo tiempo, el biógrafo adereza con un relato de su búsqueda por entender la sociedad americana del consumo en el que la televisión es su principal protagonista. Este camino de búsqueda lo explora a través de la filosofía y a través de la ficción.

 Esa dicotomía entre lo creativo y lo sesudo es algo que me interesó especialmente ya que le otorga una especial profundidad a la obra literaria. Creo que en él se pelean esas dos partes en las que a veces me reconozco entre el ser creativo y el más analítico.
 Disfruté muchísimo leyendo esta obra, en especial los pasajes en los que relata sus clases y los consejos que da a sus alumnos y experimenté una cierta envidia por los ambientes literarios en los que se formó Wallace. Da la sensación de que en Estados Unidos se toman muy en serio esto de la “escritura creativa” y me hubiese gustado presenciar alguna de sus clases. 

Ahora tengo pendiente leer algo de su obra y debo decir que no sé si seré capaz. Creo que él experimenta con la literatura. Se desmarca de la literatura realista e intenta decirnos que el lenguaje no sirve para explicar la realidad. Puede que tenga razón pero el lenguaje es una convención y, aunque no refleja fielmente los hechos, logra atraparme y entretenerme y es todo lo que le pido a la literatura. 
Al final, siempre estamos con el mismo dilema. Los lenguajes sirven para muchas cosas, ganamos eficiencia para comunicar ciertas cosas que son importantes pero se pierden matices. Puede que a veces necesitemos perder esos matices en aras de una vida más pragmática. No creo que esté mal siempre y cuando seamos conscientes de ello. Las matemáticas también han sido acusadas de eso mismo, de la perdida de realismo en sus supuestos. Pero algo nos aporta y a veces es importante dejar de lado los matices de la vida para centrarnos en un aspecto concreto.
Wallace era más ambicioso. Quería llegar a la verdad por eso su prosa es complicada, partida, incoherente, con saltos temporales y otras cosas. Necesitaré energía para empezar pero de momento, su biografía me resultó atrapante. Su autor, no solo nos relata su vida privada sino que se atreve a hacer una interpretación de su obra y de su concepción de la literatura y de la ciencia.
Y un libro me lleva a otro. Estos dos son los siguientes. Todo culpa de Foster Wallace.

Solo me queda la sensación agridulce, una vez más, de que los grandes escritores son seres egoístas que no tienen una familia que mantener. Personajes dedicados en cuerpo y alma a escribir. Y una vez más me pregunto si otro mundo es posible. Si se puede escribir y estar en contacto con lo más mundano. Las obligaciones. Los amigos. La familia. El mercado y la televisión.
Y ahora me enfrento a otros desafíos que me esperan: V de Pynchon, su gran maestro y Las correcciones de Jonathan Franzen, su gran amigo, su confidente y su rival literario. Y siento envidia otra vez.
Yo no tengo amigos escritores, y de ese calibre, con los cuales compartir inquietudes. Aunque pensándolo bien, mucho mejor. Están pasando demasiadas cosas en el mundo como para detenerme a charlar con otro escritor.

Vuelve septiembre y vuelve la calma. Y ya les contaré en qué fase ando con mi segunda novela. Sigo adelante pero además quiero escribir relatos cortos. Necesito experimentar con ese formato y respirar un poco de la novela. En eso estoy: creando un personaje que sea atractivo y entretenga a los lectores. No pido más. 

Comentarios

  1. Gracias por el comentario de lectura. Corro a buscar el libro.

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