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Construir una novela: 7 lecciones que aprendí y algunas palabras como lectora

Llevaba tiempo queriendo escribir en el blog pero por una u otra razón no he sido capaz de sentarme un minuto. La contradicción (título provisional de mi segunda novela) avanza lentamente. He leído la primera versión en papel y ahora toca pasar todas esas correcciones (que son muchas) a la computadora.
Me ha pasado algo curioso. El principio y el final se me atascan. Es como si la historia se volviera espesa. El problema está más en las formas que en el contenido. Ya he dicho en otros posts que me resulta difícil escribir un final. En efecto, la vida es un continuo de sucesos sin fin lo que genera que los finales resulten un poco artificiales. Me plantee en su momento dedicarme a escribir sagas o mini series pero ya sabemos lo que pasa con ese formato. Al final, las historias decaen y siempre nos terminará acosando la misma pregunta ¿Dónde poner el punto final? Tenemos en la cabeza demasiados ejemplos de series que degeneran después de la primera temporada.  Y ahí entran los malditos dilemas humanos. ¿Matamos una historia cuando esté en la gloria? ¿O la obligamos a languidecer lenta y penosamente? El capitalismo aquí también hace de las suyas y a menudo lo tuerce todo. Me viene a la mente la saga Wallander de Henning Mankell. Para mi una de las mejores sagas policiales. Sin embargo, las ultimas novelas eran de una calidad…cuestionable (no quiero revelar nada). ¿Fue culpa del autor? No lo sabemos pero sí sabemos que su éxito se lo debe a esa saga y gracias a ella se volvió conocido en todo el mundo. Es por eso mismo que pocos recordarán que escribió El chino, una obra única y singular. Sin segundas partes. Para mi, perfecta y, sin embargo, lo que le ha otorgado fama al autor fue su Comisario Wallander. Podríamos buscar culpables o indagar en lo que debió hacer Mankell para evitar que degenerase la historia policial ¿debió matar la gallina de huevos de oro mucho antes? Nunca lo sabremos. Los momentos de los finales son insondables.
Sin embargo, los comienzos de las novelas son igual de problemáticos: ¿Cómo determinar donde comienza una historia? ¿Debemos empezar por un hecho fortuito? ¿Una acción contundente? ¿Una pesada descripción? Soy consciente de que el éxito de mi novela depende en parte de este comienzo.
Tener un mal final no penaliza: el lector ya se ha tragado tu historia y es posible que, aun así, recomiende tu novela. Pero si comienzas mal, por más que defiendas la historia vehemente, estás muerto. El lector no querrá continuar leyendo y eso es peor que tragarse una historia y hacer una serie de críticas. En efecto,  las primeras páginas de mi novela han sido retocadas en numerosas ocasiones. No me convencen. No me atrapan. No me enamoran.
En cuanto a mis lecturas, ya sabrán que he terminado mi etapa Franzen que concluyo con alivio. Después de haberme dado la panzada de leer sus tres obras seguidas (hace mucho que no hacía esto con un autor) siento el bálsamo del lector comprometido que ha terminado su labor al mismo tiempo que experimento un vacío importante.  Los personajes de Franzen son fascinantes así como insoportables (aquí puedes leer mi reseña sobre Pureza, su última novela)
De estos tres libros que me regalaron en las fiestas, lei los dos de Franzen, el del medio lo perdí aunque dicen que es entretenido.

Pero hay algo más: ya saben que puse a parir su última novela. No me malinterpreten. No me gusta hablar mal de la obra de nadie pero dado que Franzen es un buen escritor y que ya ha triunfado ampliamente con sus dos novelas anteriores, me veo legitimada a expresar mi disconformidad sin que con ello mine su moral. Probablemente, ni sus lectores ni él  leerán mi reseña. Pero lo que quería poner de manifiesto es que sentí cierto alivio al constatar que incluso un gran autor puede escribir una chapuza. Al fin y al cabo los que llevábamos menos tiempo en esto a menudo nos sentimos desmoralizados ante una gran obra.
Pues eso, Pureza no es una gran obra y entonces, desde mi pequeño rincón de escritora independiente me reafirmo en mi empeño de seguir escribiendo. Ya ven, qué simple y rudimentaria es la la psiquis humana, señores.

Lo siento, hoy este post va en plan relajado y un poco neurótico.  Solo cierro dejándoles unas máximas que extraigo desde mi humilde camino. No imiten. No repliquen que todo esto es muy subjetivo.
1.       Una vez escrita tu novela. Trabaja hasta la extenuación el comienzo. Es casi más importante que el final. Te dará visibilidad. ¿Un ejemplo? Te sorprenderá pero soy una de las pocas personas que se ha tomado el trabajo de leer El padrino de Mario Puzo antes de ver la película. Estamos de acuerdo en que no es una obra magistral pero cumple de sobra con las dos premisas que le pido a una novela: que enganche y que entretenga. Pues el comienzo invita a seguir leyendo desde el minuto 1. Directo. Al grano. Sin descripciones absurdas.
2.       Intenta que cada capítulo sirva de gancho para leer el siguiente. Esto ayuda a que la historia tenga un hilo conductor claro. Claramente Pureza no cumple con esta premisa y fue la causa de que estuviera varias veces a punto de dejar la novela. No veía los nexos. Me perdía. Me aburría.  
3.       Durante el proceso creativo lee novelas que te inspiren. No necesariamente tienen que ser buenas. Incluso las malas sirven,  en especial para subir la moral (y aprender de los errores ajenos).
4.       Los blogs de autores autopublicados son entretenidos… al principio. Te dan pautas sobre el mundo que te toca enfrentar pero luego haz tu propio camino. Cada vida es diferente y el contexto inmediato influye mucho en los resultados. Esos que a veces nadie cuenta en un blog. Lo digo porque a menudo se pueden crear falsas expectativas. No nos adocenemos. A mí personalmente, me gusta compartir el conocimiento pero no necesariamente para que sea replicado es solo un punto de vista más sobre la vida.   
5.       Deja respirar la obra. Yo hago pausas de varias semanas para vaciar la mente de la historia. A mí me resulta. Cuando la agarro estoy mucho más motivada. Y hasta me sorprendo.
6.       Escribe con la mente. Me refiero a que a veces tenemos poco tiempo para escribir pero es fácil imaginar posibles argumentos mientras hacemos otras cosas. Esto parece una estupidez pero se gana bastante tiempo: cuando te sientes a escribir irás al grano.
7.       No caigas en la falsa creencia de que se puede escribir en lugares públicos y concurridos. Créeme lo he intentado. El mundo sirve para inspirarse y yo creo que un escritor debe ser parte activa de la vida cotidiana pero la tarea de escribir es muy mental y requiere de concentración. O al menos, eso me pasa a mí. Es lo más parecido a ponerte a hacer ejercicios de matemáticas sin parar. Está bien que el profesor te explique y que te juntes con tus compañeros a compartir dilemas pero las conexiones en la mente las tienes que hacer tú. Los miles de vínculos que requiere una novela solo pueden pensarse profundamente en soledad.
8.       Y enlazando con lo anterior: me encantan los bares, señores, pero solo sirven para dos cosas: corregir en papel e inspirarse. Es decir, observar a los borrachos atentamente.  Emborracharse es una tercera opción muy interesante pero probablemente tu productividad bajará ostensiblemente.

 Los dejo. El sol de primavera promete. Tengo una cita con los mirlos de la sierra. 


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